Sombras del alma

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Sombras del alma

Mensaje  Udon el Jue Mar 25, 2010 4:30 pm

Este es más viejo y es posible que tenga varias faltas:
Prólogo

La espada finalmente se clavo en la carne. La sangre brotaba como si ese pecho fuera un torrente incombustible. En el aire se notaba la ascensión de una nueva alma al paraíso. Llovía. Los dioses estaban llorando.

Extrajo su espada de la carne rival. La sangre le mancho el rostro. Ese era su entorno natural después de todo. Sangre. Muerte. Dolor. Eso era él. Asesino. Mercenario. Esas palabras le describían, pero no le definían. ¿Qué era él? ¿Un cruel monstruo? ¿Una criatura infernal? No. El resto de la humanidad lo creía así. El resto de la humanidad estaba podrida.

Plaga. Así los consideraba. El planeta estaba infectado. Unos pocos habían contaminado al resto. Nadie se había dado cuenta. Salvo él. Él podía ser aquel que purgara ese mal de la faz de la tierra. No. El lo sería. Era su misión.

Contempló la lluvia. Dejó que las gotas limpiaran su rostro del líquido rojizo. Lagrimas de los dioses. ¿Los dioses podían llorar? ¿Habían llorado alguna vez? ¿Y cuando él era niño? No. No habían llorado nunca. Solo habían reído. Se habían reído. De él. Constantemente.

¿Cómo había acabado así? Porque toda su vida rondaba alrededor de la venganza. Del odio. De la muerte. Hubo un tiempo en que estuvo lleno de felicidad. Esa época quedaba muy atrás. Ahora en sus entrañas solo habitaba la gran semilla fertilizada y transformada en el inmenso árbol del odio. No se arrepentía.

Miro a su alrededor. Vio el páramo que le rodeaba. Desierto. Yermo. Pobres y minúsculos hierbajos se alzaban tímidamente sobre la roca desnuda. Una brisa pesada y caliente le alborotaba su largo pelo negro. Cerró los ojos, dejando que ese viento le acariciase suavemente la cara. Esa sería su única recompensa. Abrió de nuevo los ojos y alzó su mirada hacia el cielo una vez mas, contemplando las nubes que tapaban el cielo. ¿Cuándo iba a acabar todo?
Caminó un tiempo sin rumbo, avanzando hacía dondequiera que sus pies le llevasen. Pero entonces se detuvo. Sonrió irónicamente y levanto la cabeza poco a poco.

-Has tardado mucho en venir.
-Eres difícil de localizar.
-Siempre te ha costado rastrear a tu rival.
-Hace tiempo que deje de necesitar tus enseñanzas.
-Eso es lo que crees.
-¿Estás listo?
-Nunca doy un paso atrás

Desenvainó la espada lentamente, imitando los movimientos de su interlocutor. Ambos comenzaron a caminar en círculos. Se miraban. Se observaban. Estudiaban hasta el más mínimo detalle el uno del otro. Su respiración era lenta y pesada. Cargada de concentración. Entonces ambos se abalanzaron, espada en alto. Pero antes de que los aceros provocaran el trueno de una nueva batalla, se volvió a preguntar… ¿Cómo había acabado así?

Capitulo 1: Preludio del caos

El silencio y la quietud con la que la luna iluminaba al mundo con su luz plateada, la tranquilidad con la que la suave brisa mecía las ramas de los árboles produciendo un delicado susurro, la paz de un pueblo que dormía con la única preocupación de levantarse al día siguiente con la luz del Sol…Todo eso quebró el sonido de decenas de pesadas botas de cuero pateando el suelo y de férreas armaduras chocando contra las espadas al cinto de cada soldado. Pronto, la patrulla comenzó a sacar a las familias de sus casas, sin darles tiempo siquiera a vestirse para cubrirse del frío nocturno o de preguntar el porque de esa situación. Aunque no hizo mucha falta, puesto que varios minutos después, un nuevo guerrero traspasó las puertas del pueblo. Pero no era un guerrero más. Su capa carmesí, sus delicadas prendas de seda y el anillo en un dedo de su mano izquierda así lo evidenciaban.

Aquel hombre era miembro del Gobierno. Aquel hombre era uno de los antiguos celebres 4 Principales del Reino. Impertérrito, caminó entre la atemorizada población y habló con uno de sus oficiales ante la atenta mirada de todos. Tras un rato de conversación, el misterioso personaje emprendió su camino de nuevo, perdiéndose entre las casas, las cuales comenzaban a arder, pasto de las llamas.

Mientras tanto, cerca del pequeño templo conmemorativo a los dioses, seis figuras contemplaban desde la sombra lo que los soldados hacían.

-No me esperaba que le mandaran aquí.
-Temen a la Rebelión.
-Sí, eso lo sabía, ¿pero tanto?
-¡Dejémonos de cháchara y hagamos que esos desgraciados empiecen a gritar!
-Él es mío
-No te preocupes, lo sabemos.
-Bien.
-¿Listos?...Ya.

Y tras esa pequeña señal, las seis sombras se desplegaron...Y ahí comenzó la batalla.

*********

Un grupo de tres soldados terminó por evacuar la última casa del área asignada para ellos y ordenó a sus residentes, una pareja de ancianos que se dirigieran hacía la zona indicada para los ciudadanos, un pequeño redil en mitad de la plaza del pueblo vigilado por varios guardias equipados con lanzas y pequeñas dagas. Acto seguido, uno de ellos prendió una antorcha mientras otro llenaba la casa de leña impregnada de brea para que ardiera, cuando su compañero gritó alertado.

-¡Eh! ¿Quiénes son esos de ahí?

Los otros dos miraron al instante hacia donde señalaba el tercer soldado, una calle por donde avanzaban dos personas, una de ellas deslizando dos cuchillos en sus manos y la otra simplemente caminando, ambos con la mirada fija en ellos. Pero no fue eso lo que más les alarmó. No. Fue la visión de varios cadáveres de otros soldados, degollados, destripados, apuñalados, calcinados y varias formas más, totalmente horribles e indescriptibles para el ser humano, todos ellos esparcidos tras los dos desconocidos que avanzaban hacia ellos ahora.
Los tres no dudaron un momento en desenvainar sus propias armas y ponerse en guardia.

-¡Alto! –gritó uno de ellos-¡No deis un paso más! ¡Es una orden!

Pero entonces se escuchó una leve carcajada proveniente de un callejón cercano, de donde salió otro tipo más, sosteniendo una espada ensangrentada.

-¿Ordenes? No me hagáis reír.

Al instante los tres se giraron para ponerse en guardia ante el recién incorporado, sudando, nerviosos y temerosos de lo que pudiera pasar a continuación, cuando escucharon gritos detrás de ellos, y uno de los misteriosos personajes soltó una intensa carcajada.

-Parece que Xaphan no quiere esperar lo más mínimo.

En ese momento un cuerpo inerte se desplomó junto al grupo de soldados. Primero se quedaron atónitos, sin saber que decir o hacer, mas luego sus cuerdas vocales se vieron prácticamente desgarradas por el tremendo grito de horror que profirieron los tres al mismo tiempo. Un arquero ataviado con su misma armadura, un compañero, yacía muerto junto a ellos, con el terror de la muerte reflejado en sus ojos. Desde lo alto del tejado donde patrullaba el pobre difunto, se escuchó un resoplido.

-Debería darles vergüenza llamarse soldados. Ni siquiera me sintió.

En ese mismo tejado, otro encapuchado más, aunque su talle dejaba ver una silueta femenina, se erguía tranquilamente, con cuatro puñales ensangrentados sostenidos entre los dedos de cada mano.

Lentamente, los cuatro rodearon a los anonadados guerreros, quienes en un intento de intimidar a semejantes monstruos, blandieron sus armas frente a ellos, aunque su pulso les traicionó, haciendo temblar los filos de sus espadas.


-Pobres –dijo uno de los que habían llegado primero-, están tan asustados que son incapaces de luchar.
-Deberíamos terminar con su sufrimiento, ¿no os parece? –contestó el tercero, poniendo la punta de su espada en el cuello de uno de los soldados.
-Nadie hará nada-interrumpió una voz ronca-.

Los aterrorizados guerreros suspiraron aliviados por un momento, pero cuando vieron aparecer a un quinto encapuchado, sus nervios volvieron a aflorar.

-¿Qué ocurre Kasbeel?

El único desarmado de aquel extraño grupo se apartó para que el recién incorporado pudiese ver a los soldados, ala vez que le formuló la pregunta. El aludido ni siquiera se molestó en mirar a su interlocutor, apartó la espada de su compañero del cuello del guerrero y se quedó de pie frente a él. Notaba como bajo esa capucha, la mirada de aquel extraño le perforaba por dentro, taladrándole el cerebro, y sin poder aguantar más se dejó caer de rodillas, suplicando por su vida.

-¡No me mate! ¡Por favor, no me haga daño! ¡Soy un pobre hombre inocente!

Sus compañeros retrocedieron lentamente mientras la alta figura seguía observando a aquel pobre desgraciado. Tras un rato más de suplica, el extraño alzó una mano y la posó con cuidado en el hombro del soldado.

-Levántate.

El pobre desdichado así lo hizo, haciendo acopio de todas sus fuerzas para que el temblor de sus piernas no le hiciera caer al suelo de nuevo.

-Flauros.

De nuevo el desarmado miró a su compañero, el cual simplemente señaló con su otra mano a uno de los otros dos soldados. Flauros asintió, se inclinó levemente hacia delante y al segundo siguiente el desdichado guerrero calló desplomado al suelo, con un enorme cráter humeante en medio del pecho. Flauros simplemente había alzado una mano, de la cual había brotado una gran bola de fuego, la cual impactó sobres su rival.

El atemorizado soldado intento escapar, pero la mano en su hombro ejerció una presión tan enorme que no fue capaz mas que gritar de dolor al escuchar los huesos romperse.
-Veltis.

Esta vez fue la mujer la que levantó la cabeza, pero no para mirar a Kasbeel, si no que sus ojos se posaron directamente en el otro soldado. No fue necesario ningún cruce de palabras. Rápidamente, Veltis, con un ágil salto se había lanzado sobre el desprevenido guerrero y había hundido sus ocho cuchillos alrededor del cuello de éste, quien al igual que su anterior compañero, calló al suelo sin vida.

De nuevo, el último superviviente intento zafarse del agarre, pero éste cada vez era más firme y no le quedo más que contener las lágrimas provocadas por el miedo y el dolor.

-¿Dónde está?

El pobre desdichado le miró a los ojos bajo la capucha, mientras unas pequeñas lágrimas lograron escapar y se deslizaban por sus mejillas, pálidas de puro terror.

-D-déjeme vivir…
-¿Dónde está?
-¿Quién? Le diré lo que sea, pero por favor…Por favor…Perdóneme la vida.
-Rahab.

Al escuchar esa respuesta, los ojos del soldado se abrieron como platos. Acababa de descubrir quien era aquel siniestro ser. Pero, por muy difícil que resultase para él, tenía una oportunidad de vivir, y debía aprovecharla…Aunque eso significase condenar a uno de los antiguos 4 Principales.

-P-puedo guiaros hasta él, pero debéis prometerme que no me haréis daño.

El grupo entero estalló en una sonora carcajada, menos su opresor. Sintió de nuevo esa mirada penetrante clavada en él, y de nuevo sacando fuerzas de flaqueza, logró aguantar la compostura…Al menos, la poca que le quedaba.

-Está bien.

Al oír esa respuesta, sintió como el pequeño destello de esperanza que le quedaba se convertía en un intenso foco digno del faro más grande del mundo. Comenzó a caminar entre las calles del pueblo, con los cinco encapuchados caminando tras él. Mientras caminaba, su mente no paraba de rondar la misma idea: sabía quien era Kasbeel, y sabía lo que quería.

Kasbeel miraba fijamente al soldado mientras caminaba tras él. Pero su mente no estaba acompañando a su cuerpo. No en ese momento. Su mente se encontraba centrada en otro objetivo. Venganza.

Capitulo 2: Tanto tiempo

Rahab sabía perfectamente cual era su deber. Su deber era proteger a la reina de cualquier amenaza. Intentos de asesinato. Mercenarios a sueldo. Bandas de asaltantes. Traidores. Traidores no solo a una persona, sino a todo un reino. A todo un país. El país que el amaba. Y no iba a consentirlo. Desde pequeño siempre había querido con fervor cada montaña, cada llanura, cada río y cada animal que habitara Barrned y había consagrado su vida a su protección. Cuando alcanzo la edad permitida de alistamiento, se unió sin demora a las filas del ejército, y empezando como mero soldado raso, logró abrirse camino en el mundo militar, hasta que su esfuerzo se vio recompensado y entró a formar parte de la auténtica elite. Los 4 Principales. Uno de los hombres más importantes, mas influyentes y mas fuertes de todo el mundo.

Los 4 Principales no solo eran temidos y respetados en Barrned, si no en todo el mundo. Hasta el trágico día de su separación. La traición interna provocó el mayor escándalo jamás recordado. El número 3 fue asesinado esa noche, y el traidor escapó camuflado por el manto de la oscuridad. En ese momento los 4 Principales quedaron disueltos, y solo quedaron el número dos y él mismo. La gente contaba que el número uno aún estaba con vida, pero Rahab se negaba a creerlo. Era del todo imposible. Pero esas misiones le hacían dudar.

No solían encargarle misiones fuera del palacio, que no fuera escoltar a la reina a visitar algún país vecino. La firma de tratados de anexión siempre era peligrosa, pero nada más. Emplear a alguien de su categoría y poder para ir a capturar a una pareja de delatores no podía ser sólo eso. Tal vez algo o alguien andaría acechando. Algo que solo pudiera vencer Rahab.

Pero cuando llego a su destino, obligó a su mente a desechar esos pensamientos, al menos por el momento. Aquí comenzaba su verdadera misión. La única casa que aún no ardía pasto de las llamas se encontraba frente a él. Modesta. Humilde. Pero igualmente, debía cumplir su cometido. Avanzó hacia la puerta y de una patada la tiró abajo. La casa entera crujió. Se escucharon los gritos asustados de una mujer y un niño y una voz de hombre.

-¡Fuera de aquí!

Rahab esbozó una sonrisa y se hizo a un lado para esquivar el torpe mandoble de espada con el que pretendía herirle el cabeza de familia. Después, le tomo el brazo y lo retorció hasta que escuchó el crujir de los huesos, confirmando la rotura, y lo tiró al suelo.

La mujer chilló de nuevo y corrió a socorrer a su marido, arrodillándose a su lado e inspeccionándole el brazo, mientras el niño, con un pequeño rugido producto de la rabia, se lanzó contra él. De nuevo Rahab lo esquivó fácilmente y, tomando al niño del cuello de la camisa, lo arrojó a la calle como a un saco de basura. Después, empujó a la mujer para hacerla a un lado, tomó al hombre, se lo cargó al hombro y salio a la casa, tirando al pobre campesino al suelo de la misma manera que a su hijo. Rápidamente, la pobre madre salió de la casa para socorrer a su familia mientras Rahab los observaba a los tres fríamente.

-Se os acusa de alta traición al reino de Barrned, por ayudar a los terroristas que tantos problemas están ocasionando al Ejercito Real estos días.

El hombre miro fijamente a Rahab con odio, y se levantó poco a poco, con una mano en su hombro.

-Eso es una tontería, nosotros nunca hemos hecho nada parecido. ¡No tienes ninguna prueba, maníaco!
-Han llegado informadores a palacio que advierten de la presencia de sujetos sospechosos, quienes se alojaban en vuestra casa durante estancias cortas, de dos o tres días, y que al poco tiempo desaparecían como si nunca hubiesen estado aquí. Pero lo más curioso es que después de su desaparición, se producía un atentado contra alguna guarnición apostada por los alrededores. ¿Qué tienes que decir a eso, “campesino”? –la última palabra iba cargada de ironía, mientras lentamente desenvainaba su espada.
-¡Que es todo mentira! ¡Y que estas loco! ¡Si has venido solo a por nosotros, ¿por qué está ardiendo todo el pueblo?! ¡Buscas justificar tu locura con paranoias de traición, cuando el único traidor al pueblo eres tú!

Tras escuchar eso, la furia inundo a Rahab y descargó su acero sin pensarlo dos veces, asesinando al campesino sin decir una palabra más. Después, posó sus ojos sobre la mujer, dio dos pasos hacia delante y aplicó el mismo tratamiento.

A pesar de que aquello no le había supuesto el más mínimo esfuerzo, su respiración se encontraba agitada. Su pecho aumentaba y disminuía a un ritmo frenético, de modo que decidió cerrar los ojos y meditar levemente para tranquilizarse. Pero un grito le devolvió a la realidad. Se dio la vuelta lentamente y vio al niño llorando sobre los cuerpos sin vida de sus padres. Contempló la escena durante un rato, pero no sintió absolutamente nada. Ni pena. Ni compasión. Tenía un cometido y lo llevaría a cabo, costase lo que costase.

Avanzó con su espada en alto hacia el pequeño, pero un silbido en el aire le detuvo y le obligó a saltar hacía la derecha. Décimas de segundo después, justo donde el había estado situado se habían clavado ocho cuchillos. Rahab levantó la cabeza en la dirección de la que venían los cuchillos, y vio a cinco figuras, con un soldado del Ejercito Real frente a ellos muy debilitado. Entonces, uno de los cinco comenzó a correr en su dirección, Rahab se levantó rápidamente y se puso en guardia, pero cuando se preparaba para recibir el golpe, el misterioso personaje recogió al niño del suelo, recuperó los cuchillos y volvió con el grupo. Rahab se quedó atónito mientras otro de los extraños caminaba hacia él.

-Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, Rahab.

Aquel comentario le tomó por sorpresa. ¿Desde la última vez? ¿Cuándo había visto él a ningún tipo así? Aunque esa voz le resultaba familiar…Esa voz…

-¡Tú! ¡¿Qué estas haciendo aquí?! ¡Se supone que estas muerto!

El encapuchado rió levemente, y se bajó la capucha con cuidado, dejando ver un rostro moreno, de ojos cerrados y negros, con una cicatriz atravesándole en diagonal el lado izquierdo de la cara, y una larga melena de pelo negro.

-Se suponen tantas cosas…

Rahab se quedó totalmente paralizado. Definitivamente, aún estaba vivo.


(ATENCIÓN: CONTIENE CONTENIDO SANGRIENTO O GORE)
Capitulo 3: Duelo del pasado

Kasbeel notó un fuerte golpe de aire caliente al bajarse la capucha que cubría su rostro. El calor de las llamas que inundaban el pueblo entero se propagaba por el aire cada vez más haciendo que la atmósfera fuese casi inaguantable. Pero no le importaba, había combatido en situaciones aún mas extremas. Lo que de verdad importaba en ese momento, lo único que importaba…Era su venganza.

Rahab estaba frente a él, tras ocho años de intensa y larga búsqueda, de haberse unido a la Rebelión en busca de sus enemigos, por fin cumpliría su objetivo…O al menos, parte de él.

-¿Qué estas haciendo aquí?

Rahab había alzado su espada al ver su rostro, y eso le provocó una pequeña sonrisa.

-Os he estado buscando…A ti y a los demás…

Kasbeel apartó levemente el pliegue izquierdo de su túnica, dejando a la vista la funda donde descansaba su espada, tomó la empuñadura con la mano derecha y desenvainó, provocando un chirrido potente, marcando el despertar de la afilada hoja.

Rahab dio dos pasos atrás y tragó saliva, nervioso. Sabía de lo que era capaz Kasbeel, pero no tenía escapatoria ninguna. Si Kasbeel quería pelear, pelearían hasta que uno de los dos muriese.

No fue necesario ningún diálogo más. Ambos guerreros se lanzaron el uno contra el otro, y cuando sus espadas chocaron, la tierra entera tembló.

Flauros se cubrió con su túnica a pesar de llevar el rostro cubierto.

-Nos vamos de aquí, iremos a buscar a Xaphan-comunicó al resto de sus compañeros-. ¡Kasbeel, nos encontraremos en la plaza del pueblo!

Kasbeel les miro de reojo mientras escapaban por uno de los callejones más estrechos, arrastrando al asustado soldado que los había guiado hasta allí, pero volvió a centrar su atención en el combate cuando se vio obligado a detener una estocada a sus costillas.

-¿Qué ocurre Kasbeel? ¿Te cuesta concentrarte?

El tono burlón en la voz de Rahab provocó una sonrisa maniaca en el rostro de Kasbeel. Aquel era su hábitat. La batalla cuerpo a cuerpo. Había nacido para cortar carne, cercenar miembros y gozar de los gritos de agonía de su rival. Brazos. Piernas. Cabeza. Ese sería el orden a seguir con Rahab. Se merecía un castigo especial.

Ambos comenzaron a intercambiar rápidos y certeros golpes al pecho y las piernas del rival, esquivándolos a su vez lo más rápido que podían. Pero Rahab sabía que aquello no era bueno. Aquel era el estilo que dominaba Kasbeel. Pelear contra él de esa manera era un suicidio. Tras detener un nuevo golpe, esta vez dirigido a su cabeza, empujó con fuerza la espada de Kasbeel, deseando que eso le detuviera al menos un instante, justo el tiempo que necesitaba para correr hacia una de las casas del lateral de la calle. Corrió por la pared, evitando por muy poco ser alcanzado por los cristales de una ventana y mas tarde por las llamas que surgieron de ella, saltó lo más alto que pudo, enarboló su espada y se preparo para caer con todas sus fuerzas sobre Kasbeel. Pero cuando miró hacia el suelo no vio a su rival por ninguna parte. En ese mismo instante de duda, notó el frió acero recorrer toda la extensión de su espalda en diagonal.

-Eres demasiado predecible-escuchó el suave susurró de la voz de Kasbeel en su oído como el silbido de la serpiente mas letal del mundo mientras caía al suelo a la misma velocidad con la que se habría lanzado sobre su enemigo.

Kasbeel aterrizó de pie justo detrás del cuerpo de Rahab, quien estaba tendido en el suelo haciendo esfuerzos por levantarse.

-Creo que ahora eres tu quien no se concentra, ¿no te parece?

Su sonrisa se hizo aún mas amplia mientras caminaba hasta ponerse de nuevo frente a Rahab, de espaldas a él. Miró el pueblo arder, mientras algunas casas se venían prácticamente abajo y las demás pronto seguirían ese mismo camino.

-Lo habéis vuelto a hacer.
-¿A qué te refieres?-Rahab se levantó a duras penas y se puso en guardia de nuevo, observando con cuidado a Kasbeel. Le había subestimado totalmente.

Kasbeel se giro lentamente y clavó sus ojos negros como dos pozos sin fondo en los de Rahab.

-Habéis vuelto a matar gente inocente.
-No eran inocentes, y lo sabes. Eran traidores, y la condena por traición es la muerte.

Kasbeel avanzó de nuevo con su espada en alto.

-¡Los únicos traidores sois vosotros!

El golpe llevaba tanta fuerza que incluso a Rahab le costó esfuerzo bloquearlo del todo, aunque lo logró a duras penas. Esa última frase había supuesto un duro golpe para él. La había oído hacía apenas unos minutos. Un nuevo golpe le obligó a mover su espada para bloquear el impacto, pero este logró derribarlo y calló de espaldas al suelo. Sacudió su cabeza para recuperarse, y entonces recordó donde había escuchado esas mismas palabras. Junto a él, yacía el cadáver del campesino al que tuvo que aplicar el castigo real. Abrió los ojos horrorizado y miró a Kasbeel, que lo contemplaba con la mirada de un loco. De un psicópata. De un asesino.

-Tú…Tú te has…

Era incapaz de pronunciar las palabras. Era incapaz de moverse. Aquello no podía estar pasando. Kasbeel se acercó con paso lento pero firme. Era un miembro de la Rebelión. Kasbeel era un traidor a la reina. Un traidor a Barrned.

Todos esos pensamientos se agolparon en la mente de Rahab cuando sintió que la espada de Kasbeel le cortaba el brazo derecho. Gritó. El izquierdo. Gritó. Rahab gritó de dolor. Pero también de frustración. Comenzó a llorar, pero no por sus miembros cercenados, ni por la sangre que estaba perdiendo, ni por vislumbrar la sombra de la muerte en la figura de Kasbeel. Lloraba de rabia. Rabia al ser asesinado por un traidor. Miró a Kasbeel con odio.

-Nunca pensé que fueras capaz de hacer algo así.

Kasbeel contempló al lastimero guerrero con indiferencia. Descargó su espada con fuerza sobre la cintura de Rahab, separando el torso de las piernas. Escuchó un nuevo alarido. Pasó su lengua por los labios lentamente, relamiéndose.

-Yo tampoco pensé que las cosas tomarían el rumbo que tomaron. Estamos en paz.

En ese momento, un rápido destello en mitad de la noche despejó la oscuridad, y un trueno resonó por todo el valle. Una gota. Dos gotas. Tres. Comenzó a llover en abundancia, mientras la tormenta se hacía más fuerte. Rahab y Kasbeel se contemplaron sin decir nada durante un rato, hasta que Rahab suspiró resignado.

-Acaba ya con esto…

Kasbeel continuó mirándole sin decir o hacer nada.

-¿Crees en los dioses Rahab?
-Claro que creo en los dioses, ¿es que acaso tu no?
-Sí, sí creo. Por eso los odio.
-¿Qué estas diciendo? ¿Odias a los dioses?

Kasbeel alargó una mano, dejando que la lluvia golpeara las yemas de sus dedos.

-Derraman sus lágrimas por ti. Por mi no han llorado jamás. Les odio. Igual que os odio a vosotros. Pero te garantizo que esta noche no será la única que tengan que llorar por alguien de los tuyos.
-Estás loco. Nunca podrás hacerlo. Morirás en el intento.

La espada de Kasbeel se posó en el cuello de Rahab, presionando sobre su garganta.

-No me importa mi muerte si llego hasta el final. Y juro que lo haré.

Con esa última frase, Kasbeel levantó su espada, y como un péndulo, separó la cabeza de Rahab de su torso, mientras de su cuello comenzaba a manar un torrente de sangre, tiñendo el suelo de rojo.

Cuando la sangre terminó de brotar del cuerpo totalmente despedazado de Rahab, Kasbeel levantó su vista al cielo riendo como un maniaco.

-¡¿Habéis visto eso, verdad?! ¡Se que lo habéis visto! ¡Derramad vuestras lagrimas, pero ahorrad unas cuantas, porque esté no será el último que caiga!

El cielo tronó más fuerte incluso que antes, provocando una carcajada mayor en Kasbeel.

-¡Mataré a vuestros hijos y depositaré sus cuerpos destrozados en vuestros templos! ¡Voy a vengarme por todo lo que me habéis arrebatado!

Y así, riéndose de los dioses, Kasbeel completó el primer paso que le acercaría a su autentico destino.

Capitulo 4: "Entrega mi mensaje"

La inquietante risa de Xaphan inundó la plaza principal del pueblo cuando el último de los soldados calló muerto, victima de dos enormes tajos en su garganta, producidos por las dos espadas del pequeño loco. Comenzó a dar grandes brincos alrededor del redil lleno de felicidad. En su infancia había sido un niño marginado por los demás debido a sus extraños comportamientos, como la adoración de los sacrificios de animales enfermos, se volvía loco de alegría con la sangre, incluso el mismo se auto-lesionaba.

Su conducta le costó varias denuncias y más encarcelamientos en la prisión de máxima seguridad del reino, pero como no se podía demostrar daño a otras personas, nunca pudieron hacerle nada. Aunque en esas pequeñas estancias en la prisión, veía como los guardias y verdugos ejercían castigos aún más atroces a los prisioneros, lo cual, poco a poco, llevó a Xaphan a odiar la hipocresía de aquel gobierno. ¿Cómo condenar a alguien por conducta indeseable, cuando lo que se hacía en las mismas entrañas del organismo gubernamental era repugnante incluso para él mismo?

-Párate ya, ¿quieres?

Hakael se encontraba de brazos cruzados mirando las locuras de Xaphan. No era un tipo con demasiada paciencia, y definitivamente, aquel saltimbanqui le sacaba de sus casillas totalmente. Se había criado en el seno de una familia estricta y firme, donde lo más importante era la disciplina, por encima de cualquier cosa. Era lo único que recordaba de sus padres, o mejor dicho, lo único que habían tenido tiempo de enseñarle antes de ser asesinados en una visita a la corte. Él había estado presente mientras los arqueros acribillaron a todos los asistentes de aquella cena de gala. Todos murieron aquella noche.

¿Todos? No. La reina había corrido a esconderse en sus aposentos. La guardia personal había corrido a socorrerla, empujando a varios invitados en la trayectoria de las flechas. Varios invitados que podrían haber salvado la vida de no haber sido por la reina. Entre ellos sus padres. Mientras Hakael era criado por los sacerdotes, junto con varios niños huérfanos más, escuchó las noticias que llegaban sobre el incidente. “Tremendo atentado contra la reina”; “Su majestad en persona encaró a los terroristas y los derrotó”; “Gracias a la reina Lauviah salva la vida de incontables ciudadanos al derrotar a varios atacantes misteriosos”. Mentiras. Pamplinas. Excusas de una cobarde.

-Oh vamos, ¿por qué tienes que ser tan aguafiestas? El chico sólo lo esta pasando bien.
-Me pone de los nervios Jeqon, y lo sabes.
-Pero está celebrando la gran victoria que hemos tenido hoy. ¡Vamos Xaphan, brindo por ti!

Jeqon levanto la gran jarra de cerveza que había rescatado de la posada del pueblo y de un solo trago, la vació por completo. A pesar de que estaba caliente, el sabor de la cerveza siempre reconfortaba a Jeqon después de una victoria y saneaba todas sus posibles heridas. Hakael lo observó con detenimiento. Recorrió su rostro repleto de cicatrices y su fuerte complexión muscular.

Jeqon era un fugitivo. El de mayor edad del grupo. El bandido más temido y buscado de las montañas. Prácticamente no había carromato que se le resistiera a él y a su banda. Hace años, por supuesto. Jeqon y su banda habían sido apresados y condenados a muerte en la plaza pública por todos los robos cometidos. Pero Jeqon fue capaz de escapar, y tiempo después se unió a la Rebelión. No tenía razones personales, ni sentimentales, ni echaba de menos a su banda. Como él solía decir…

-¡Gocemos de haber jodido bien a esos cabrones!

Flauros le dio una palmada en el hombro a Jeqon y comenzó a reír junto a él. De dos inmensos barriles de cerveza que pudieron ser rescatados de la posada, ambos llevaban bebido la mitad de uno de ellos y no paraban de sonreír y festejar su victoria. Como líder de la Rebelión, Flauros debía permanecer callado, frío y concentrado todo el tiempo…En teoría. Jamás el líder de un grupo “terrorista” había sido tan diferente.

Le gustaba beber, reír, las mujeres y la pelea tanto como al que más, y no había que darle muchos ánimos para ninguna de esas cosas. La historia de Flauros era bien conocida por todos. El Gobierno había echo encarcelar a su familia por impago de unos elevados impuestos que no le correspondían, pero la reina había dictado que si en dos meses se entregaba el dinero correspondiente, serían puestos en libertad. Flauros fue el designado por su familia para ello, y durante dos meses trabajó mas duro que nunca hasta lograr el dinero. Pero cuando finalmente llegó a la capital y fue atendido por el tesorero, éste le dijo que su deuda había quedado cancelada por ejecución de los deudores. La bolsa con el dinero calló al suelo ante la sorpresa de Flauros. La única explicación que le dieron fue que el plazo había expirado el día anterior.

-¿Podríais dejar de hacer tanto ruido? Asustáis al pequeño.

Todos se callaron y se giraron para ver a Veltis, la cual mecía en sus brazos al niño al que hacía unos minutos le había salvado la vida.

-Para ser una asesina, el papel de madre te sienta genial-Hakael la observó, obteniendo como única respuesta un “Cierra la boca” por parte de la mujer.

Veltis se sentó en el suelo, acurrucando al niño en su pecho y tranquilizándole con voz cálida y acogedora. Sabía por lo que estaba pasando ese pobre muchacho. Su infancia había sido muy parecida. Después de que su madre se hubiese marchado de casa sin dar ninguna explicación y de que un soldado borracho apuñalara a su padre en una posada de tres al cuarto, ella fue subastada en el mercado de esclavos y durante su adolescencia había sido humillada, vejada y utilizada por su dueño, hasta que un día, harta de esta situación, tomó un puñal y asesinó a su “amo”.

Después de eso, se dio a la fuga, convirtiéndose en una asesina a sueldo. Gracias a ese trabajo logró sobrevivir, y comprar alimentos que llevarse a la boca…Pero también encontró el amor. Sonrió para sus adentros al recordar a Dev, la tímida sacerdotisa a la cual conoció mientras cumplía el encargo de asesinar al monje mayor. Veltis descargó su puñal antes de que aquel desgraciado violara su voto de castidad, y ambas escaparon de allí. Más tarde, sus corazones comenzaron a latir como uno solo, y en ese momento fueron inseparables.

Cuando comenzó a llover, todos buscaron cobijo bajo trozos de madera que aun fuesen seguros excepto Jeqon.

-¡No pienso abandonar la cerveza, es mía!

Así estuvieron por un rato, cuando por uno de los callejones vieron una silueta que se acercaba con algo en la mano.

Cuando la figura llegó junto a Jeqon, éste levanto la vista y soltó una tremenda carcajada, ofreciéndole su jarra de cerveza.

-¡Echa un trago Kasbeel, te lo has ganado!

El aludido sonrió, pero desechó la oferta y miro a sus compañeros.

-Aquí ya no hay nada más que hacer, será mejor que nos vayamos.

Todos asintieron y comenzaron a caminar hacia la salida del pueblo, cargando entre Flauros y Jeqon los dos barriles de cerveza, pero Kasbeel se quedo quieto mirando al único soldado superviviente. Le indicó que se acercase y le dio la bolsa que traía en la mano.

-Quiero que vayas al castillo de la reina y le des esto-señaló a la bolsa-. De parte de un viejo conocido. Entrega mi mensaje lo más rápido posible.

El soldado asintió y salió corriendo de aquel maldito pueblo lo más rápido que le permitieron sus piernas. Mientras tanto, Kasbeel alcanzó a su compañeros, y recordó el recado que les había dejado a los sacerdotes del templo local. Cuando volvía con sus compañeros, escuchó el grito de terror de los monjes, y sonrió abiertamente. Al parecer, ya habían descubierto el cuerpo hecho pedazos de Rahab.





Bueno, espero que os haya gustado y que dejeis comentarios, se admiten criticas (casi diria se deben poner criticas) constructivas, eso si.
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Mauricio Colmenero el Vie Abr 09, 2010 10:24 pm

Parece un poco gay, sin ánimo de ofender.


Y las maricónadas son malas.
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Letzga el Dom Abr 11, 2010 12:38 pm

Tranquilo no te cortes pero dilo de otra manera albino
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Hannah Montana el Dom Abr 11, 2010 12:50 pm

Sabés ké estámos aciendó hestó aldredé?
Salu2.
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Letzga el Dom Abr 11, 2010 1:22 pm

ya por eso quiero habrir chorrilandia
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Hannah Montana el Dom Abr 11, 2010 1:23 pm

Pro chorrilandia n mla.
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Letzga el Dom Abr 11, 2010 1:30 pm

Podeis decir lo mismo sin que os paseis
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Hannah Montana el Dom Abr 11, 2010 2:19 pm

N ns hestamos psando.
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Letzga el Dom Abr 11, 2010 2:27 pm

si por eso estais apunto de ser avisados o expulsados Evil or Very Mad
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Hannah Montana el Dom Abr 11, 2010 5:47 pm

K hamenazante.
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Udon el Dom Abr 11, 2010 7:53 pm

Lo que dice mauricio colmenero es verdad ahora me lo he vulto a leer y la verdad es que antes lo encontraba mejor ahora... no es que me guste mucho geek
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Re: Sombras del alma

Mensaje  Letzga el Mar Nov 09, 2010 3:09 pm

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